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El pronunciamiento del ELN tras la caída de Maduro: una señal de alarma para la seguridad regional

El pronunciamiento del Ejército de Liberación Nacional (ELN) tras el operativo militar que derivó en la captura de Nicolás Maduro marca un punto de inflexión en la ya compleja crisis venezolana y en sus repercusiones para Colombia y la región. La guerrilla colombiana, al respaldar los llamados de sectores militares y políticos venezolanos a “resistir” la intervención extranjera, no solo fijó una posición ideológica, sino que expuso de manera cruda el rol que los grupos armados ilegales están dispuestos a asumir en escenarios de alta tensión internacional.

Más allá de la retórica antiimperialista que históricamente ha acompañado al ELN, este nuevo pronunciamiento adquiere un peso particular por el contexto en el que se produce. La captura de Maduro supone un remezón sin precedentes para el equilibrio de poder en Venezuela y amenaza con desestructurar redes políticas, económicas y militares que durante años ofrecieron espacios de maniobra a actores armados irregulares. En ese sentido, la voz del ELN no puede interpretarse como un gesto simbólico aislado, sino como una advertencia sobre sus intereses estratégicos en el nuevo tablero regional.

Desde una mirada periodística, el respaldo del ELN a sectores militares venezolanos plantea interrogantes incómodos para los Estados de la región. El primero tiene que ver con la legitimidad que estos grupos buscan construir a partir del discurso de soberanía y resistencia. Al alinearse con una narrativa nacionalista, la guerrilla intenta presentarse como un actor político con capacidad de opinión sobre conflictos internacionales, pese a su condición de organización armada ilegal responsable de décadas de violencia en Colombia.

El segundo elemento de preocupación es territorial. El ELN ha mantenido una presencia activa en zonas fronterizas colombo-venezolanas, donde el debilitamiento del Estado venezolano podría abrir espacios para una mayor expansión de economías ilegales, disputas armadas y desplazamientos forzados. La caída del régimen que durante años toleró o ignoró su presencia genera un escenario incierto: o bien un repliegue hacia Colombia, o una lucha por conservar enclaves estratégicos en medio del caos institucional.

En este contexto, la declaración del ELN puede leerse también como un mensaje preventivo. Al advertir sobre la “resistencia” y condenar la intervención extranjera, la guerrilla busca posicionarse como actor dispuesto a defender sus intereses en un escenario de transición política que amenaza con alterar el statu quo en la frontera. Este tipo de discursos no solo incrementa la tensión regional, sino que añade un componente de riesgo para la seguridad interna de Colombia, donde el ELN sigue siendo un factor activo de violencia.

El episodio evidencia, además, una falla estructural en la gestión regional de los conflictos. Mientras los Estados se concentran en la diplomacia, las sanciones o las operaciones militares, los grupos armados ilegales aprovechan los vacíos de poder para proyectarse como fuerzas de hecho, capaces de incidir en narrativas políticas y en dinámicas territoriales. La crisis venezolana, lejos de ser un fenómeno aislado, se convierte así en un catalizador de amenazas transnacionales que desbordan las fronteras formales.

En definitiva, el pronunciamiento del ELN tras la captura de Maduro no debe subestimarse. Más que una declaración ideológica, es un síntoma de la fragilidad del orden regional y de la capacidad de los actores armados para adaptarse a escenarios cambiantes. Ignorar esta señal sería un error estratégico: la estabilidad de Colombia y de sus fronteras dependerá, en buena medida, de cómo se gestione este nuevo reacomodo de fuerzas en un momento crítico para América Latina.

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