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Internet como poder blando: el anuncio de Starlink que reconfigura la conectividad y la política en Venezuela

El anuncio de Elon Musk sobre el acceso gratuito de Starlink en Venezuela hasta febrero no puede leerse únicamente como una noticia tecnológica ni como un gesto empresarial aislado. En un país atravesado por una profunda crisis política, institucional y comunicacional, la conectividad se convierte en un factor de poder, y quien la garantiza —aunque sea de manera temporal— adquiere un rol que trasciende lo comercial para instalarse en el terreno de la geopolítica y la influencia social.

La decisión de habilitar el servicio sin costo llega en un momento en el que Venezuela enfrenta serias limitaciones en sus sistemas tradicionales de telecomunicaciones. Apagones, fallas estructurales y restricciones en el acceso a la información han sido constantes en los últimos años, lo que ha convertido al internet en un recurso estratégico tanto para la ciudadanía como para los actores políticos. En ese contexto, el anuncio de Starlink irrumpe como una promesa de alivio inmediato, pero también como una señal de cómo el control —o la provisión— de la conectividad puede alterar dinámicas de poder.

Desde una óptica periodística, es clave subrayar que el acceso gratuito anunciado no es universal ni irrestricto. Está condicionado a la posesión previa de los equipos de Starlink, cuyo costo sigue estando fuera del alcance de la mayoría de los venezolanos. Esta realidad introduce una contradicción central: el servicio se presenta como gratuito, pero su disfrute está limitado a una fracción de la población con capacidad económica o apoyo externo para acceder a la tecnología. Así, la medida beneficia de manera directa a sectores específicos, mientras deja intacta la brecha digital que afecta a millones de ciudadanos.

Más allá de sus limitaciones prácticas, el gesto tiene un peso simbólico considerable. En escenarios de crisis, el acceso a internet no solo permite comunicarse, sino también informarse, documentar hechos, organizar redes de apoyo y mantener vínculos con el exterior. Al garantizar conectividad en un momento crítico, Starlink se posiciona como un actor clave en la circulación de información, desplazando —al menos parcialmente— la dependencia de infraestructuras estatales debilitadas o controladas.

Este episodio también abre un debate más amplio sobre el rol de las grandes empresas tecnológicas en contextos de inestabilidad política. Starlink no actúa como una organización humanitaria ni como un organismo multilateral, sino como una compañía privada con intereses estratégicos, capacidad de influencia global y una figura —Elon Musk— que ha demostrado no ser ajena a las controversias políticas. La frontera entre apoyo humanitario, estrategia empresarial y posicionamiento político se vuelve difusa cuando una empresa puede, de facto, conectar o desconectar territorios enteros.

Para algunos analistas, la medida puede interpretarse como un ejercicio de “poder blando” tecnológico: una forma de ganar legitimidad, presencia y respaldo social en un país clave, mientras se refuerza la imagen de Starlink como solución rápida y eficaz en escenarios de crisis. Para otros, se trata de una respuesta coyuntural que, al ser temporal, no ataca las causas estructurales del colapso de las telecomunicaciones en Venezuela y corre el riesgo de convertirse en un gesto más simbólico que transformador.

El anuncio también pone sobre la mesa una pregunta incómoda para los Estados: ¿qué ocurre cuando la conectividad básica de una población depende más de decisiones corporativas que de políticas públicas? En un mundo cada vez más digital, la capacidad de garantizar acceso a internet se perfila como una función esencial del Estado. Cuando esta responsabilidad es asumida, siquiera parcialmente, por actores privados extranjeros, se reconfigura el concepto mismo de soberanía tecnológica.

Desde el punto de vista periodístico, el desafío es evitar una lectura simplista del hecho. Ni el anuncio puede celebrarse acríticamente como un acto de filantropía pura, ni puede descartarse como una maniobra sin impacto real. Su relevancia reside precisamente en la ambigüedad: ayuda a algunos, visibiliza la crisis, expone las limitaciones del Estado y confirma que, en la era digital, el acceso a internet es una herramienta de poder tan determinante como la energía o el control territorial.

En definitiva, el acceso gratuito de Starlink en Venezuela hasta febrero es una noticia que va más allá de la conectividad. Es un síntoma de un país donde lo básico depende de soluciones extraordinarias y un recordatorio de que, en tiempos de crisis, la tecnología no es neutral. Puede aliviar, pero también influir; puede conectar, pero también redefinir quién tiene la capacidad de hacerlo. Y ahí radica su verdadero peso político y periodístico.

#CANAL CORDOBA

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