Córdoba

Alerta en Cereté: un caso de dengue hemorrágico que desnuda las fallas estructurales de la prevención sanitaria

La hospitalización en estado crítico de un bebé de apenas cuatro meses por dengue hemorrágico en Cereté no es solo una noticia de impacto médico: es una señal de alarma social y sanitaria que vuelve a poner en evidencia la fragilidad de las estrategias de prevención frente a una enfermedad que, año tras año, cobra vidas y satura los sistemas de salud en regiones vulnerables del país.

El caso, que mantiene al menor bajo estricta vigilancia médica, revela la cara más cruel del dengue: su capacidad de afectar con mayor severidad a quienes menos defensas tienen. Cuando la enfermedad alcanza su forma hemorrágica, deja de ser un problema estacional para convertirse en una amenaza letal, especialmente en niños pequeños, adultos mayores y personas con condiciones de riesgo. En este contexto, lo ocurrido en Cereté trasciende el drama individual y se convierte en un síntoma de una problemática estructural.

Desde una mirada periodística, resulta inevitable preguntarse por qué, pese a las reiteradas alertas epidemiológicas, el dengue sigue encontrando terreno fértil. La respuesta apunta a una combinación peligrosa: deficiencias en saneamiento básico, almacenamiento inadecuado de agua, falta de control sostenido del mosquito Aedes aegypti y una cultura preventiva que suele activarse solo cuando el brote ya está desatado. La reacción, muchas veces tardía, evidencia que la gestión del riesgo continúa siendo más reactiva que preventiva.

Las autoridades sanitarias han señalado la presencia de criaderos en el entorno del menor afectado, una realidad que se repite en numerosos barrios y zonas rurales. Este hallazgo no sorprende, pero sí compromete. El dengue no se combate únicamente con fumigaciones esporádicas ni con comunicados oficiales; requiere acciones constantes, educación comunitaria y corresponsabilidad ciudadana. Sin embargo, cuando los casos graves aparecen, queda claro que esas estrategias no han sido suficientes o no han tenido continuidad.

El impacto del dengue también expone desigualdades territoriales. Municipios intermedios como Cereté enfrentan limitaciones en infraestructura hospitalaria, acceso a especialistas y capacidad de respuesta ante emergencias complejas. En situaciones críticas, como la de este bebé, cada minuto cuenta, y cualquier dificultad para el traslado o la atención especializada aumenta el riesgo. Esto obliga a replantear la necesidad de fortalecer los servicios de salud locales, especialmente en zonas donde el dengue es endémico.

Además, este episodio reabre el debate sobre la protección de la infancia frente a enfermedades prevenibles. Cuando un niño termina en cuidados intensivos por una patología transmitida por un mosquito, el problema deja de ser biológico y se vuelve profundamente social. La prevención del dengue no puede desligarse de políticas públicas que garanticen acceso a agua segura, manejo adecuado de residuos y campañas pedagógicas permanentes, dirigidas no solo a informar, sino a transformar hábitos.

El caso de Cereté debe leerse como una advertencia. No basta con lamentar la gravedad de la situación ni con activar protocolos una vez el daño está hecho. La lucha contra el dengue exige voluntad política sostenida, inversión en salud pública y una ciudadanía consciente de su papel. Cada recipiente con agua estancada, cada patio sin control, es una oportunidad para que el mosquito prolifere y la enfermedad avance.

Mientras el bebé lucha por su vida, el municipio y el departamento enfrentan una prueba mayor: aprender de esta emergencia y convertirla en un punto de inflexión. Porque el dengue no es una tragedia inevitable; es una enfermedad prevenible que sigue cobrando víctimas cuando la prevención falla. Y en Cereté, hoy, la realidad demuestra que aún queda mucho por hacer.

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