Drones, lealtad y poder: la noche en que Caracas convirtió el cielo en un manifiesto político

La noche del 23 de enero, Caracas vivió una escena poco común incluso para los estándares de la política venezolana: el cielo se transformó en una pantalla donde decenas de drones dibujaron rostros, consignas y mensajes en defensa del presidente Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores. No fue un espectáculo aislado ni meramente tecnológico; fue una demostración de fuerza simbólica en medio de una coyuntura excepcional, marcada por la captura de la pareja presidencial el pasado 3 de enero y su posterior traslado a Estados Unidos para enfrentar cargos judiciales en Nueva York.
Desde Fuerte Tiuna, uno de los complejos militares más importantes del país, las frases proyectadas —“soy inocente, no soy culpable”, “soy un hombre decente y el Presidente Constitucional de mi País”, “Nosotros venceremos”— buscaron instalar un relato claro: el de un liderazgo que se proclama víctima de una agresión externa y que apela a la legitimidad constitucional frente a un proceso judicial fuera de sus fronteras. La elección del lugar no fue casual. Fuerte Tiuna es un símbolo del poder militar venezolano y, por extensión, de la alianza histórica entre el chavismo y las Fuerzas Armadas.
El despliegue luminoso tuvo un doble objetivo. En lo interno, reforzar la cohesión del núcleo duro chavista, que percibe la detención de Maduro y Flores como un ataque directo a la soberanía nacional. En lo externo, enviar un mensaje de resistencia política y de denuncia internacional, utilizando una herramienta visual de alto impacto que trasciende fronteras a través de redes sociales y medios digitales. En un contexto donde la narrativa es tan importante como los hechos, el espectáculo de drones funcionó como un acto de propaganda cuidadosamente diseñado.
La movilización popular que acompañó la jornada confirmó esa intención. Miles de simpatizantes salieron a las calles con pancartas y consignas, reclamando el regreso de sus líderes y reivindicando su inocencia. En plazas y avenidas, los actos de solidaridad se multiplicaron, reforzando la idea de que, pese a la ausencia física del poder presidencial, el chavismo mantiene capacidad de convocatoria y organización. Para sus seguidores, Maduro y Cilia Flores no son solo figuras políticas, sino símbolos de identidad, continuidad y resistencia frente a presiones internacionales que consideran ilegítimas.
La presencia de altas autoridades del oficialismo, incluida la presidenta encargada Delcy Rodríguez, añadió un componente institucional al evento. Sus declaraciones, en las que calificó el espectáculo como una muestra de “lealtad y cohesión nacional”, buscaron transmitir normalidad y control en medio de la crisis. Sin embargo, el trasfondo revela un escenario de alta tensión política, donde la ausencia del presidente plantea interrogantes sobre la gobernabilidad, la estabilidad interna y el rumbo inmediato del país.
Más allá del impacto visual, el uso de drones como herramienta política abre un nuevo capítulo en la comunicación del poder en Venezuela. La tecnología, tradicionalmente asociada al entretenimiento o a fines militares, se convierte aquí en un recurso narrativo para disputar legitimidades y emociones. El cielo de Caracas, convertido en escenario, refleja cómo la política contemporánea se libra también en el terreno de la imagen y el simbolismo.
En definitiva, la noche del 23 de enero no fue solo un espectáculo luminoso, sino una declaración política en toda regla. Un intento del chavismo por reafirmar su relato, mantener viva la lealtad de sus bases y proyectar una imagen de fortaleza frente a un proceso judicial que ha sacudido los cimientos del poder venezolano. En un país acostumbrado a la confrontación discursiva, los drones no iluminaron únicamente el cielo: expusieron la profundidad de una crisis donde la política, la tecnología y la identidad nacional se entrelazan de manera cada vez más visible.
#CANAL CORDOBA



