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Vall d’Hebron hace historia con el primer trasplante facial a partir de una donante de muerte asistida

El Hospital Universitario Vall d’Hebron volvió a situarse en la primera línea de la medicina mundial al realizar un procedimiento sin precedentes: el primer trasplante de rostro utilizando como donante a una persona que había accedido legalmente a la Prestación de Ayuda para Morir (PRAM). El hito no solo representa un avance técnico de enorme complejidad, sino que también abre un nuevo capítulo en el debate médico, ético y social sobre la donación de órganos y tejidos en contextos de muerte asistida.

La intervención permitió la reconstrucción parcial del rostro de una paciente que padecía una necrosis facial severa, producto de una infección bacteriana agresiva que destruyó tejidos esenciales y comprometió funciones básicas como la respiración, el habla y la alimentación. Ante un deterioro tan extremo, las alternativas de cirugía reconstructiva convencional resultaban insuficientes, lo que llevó al equipo médico a optar por un trasplante facial de tipo I, centrado en la zona media del rostro, con un objetivo claro: devolver funcionalidad y dignidad a la vida de la paciente.

Más allá del impacto clínico, el procedimiento fue posible gracias a una condición fundamental: la voluntad expresa y anticipada de la donante de ceder no solo sus órganos y tejidos, sino también su rostro. Este consentimiento permitió una planificación detallada y rigurosa, poco habitual incluso en el campo de los trasplantes, y facilitó la coordinación de un operativo quirúrgico de altísima precisión. Cerca de un centenar de profesionales —entre cirujanos, anestesiólogos, intensivistas, enfermeras y especialistas en rehabilitación— participaron en una cirugía que se prolongó entre 15 y 24 horas, durante las cuales se trasplantaron piel, grasa, músculos, nervios periféricos y estructuras óseas.

El posoperatorio confirmó la magnitud del reto. La paciente permaneció un mes hospitalizada, primero en la Unidad de Cuidados Intensivos y luego en planta, donde inició un proceso de rehabilitación largo y exigente, orientado a recuperar de forma progresiva la masticación, la expresión facial y el habla. Aunque los resultados definitivos solo podrán evaluarse con el paso del tiempo, los avances iniciales representan una mejora sustancial en su calidad de vida y validan la decisión clínica adoptada.

Este trasplante no solo consolida a Vall d’Hebron como un referente internacional —al haber realizado tres de los seis trasplantes faciales practicados en España—, sino que lo posiciona como pionero a nivel global al integrar, por primera vez, la donación derivada de la muerte asistida en este tipo de procedimientos. El caso plantea interrogantes profundos sobre los límites y posibilidades de la medicina contemporánea: cómo garantizar procesos éticos robustos, cómo respetar la autonomía del paciente donante y cómo maximizar el impacto social de decisiones individuales tomadas en contextos de sufrimiento extremo.

En un momento en el que muchos sistemas de salud enfrentan debates intensos sobre el final de la vida, la experiencia de Vall d’Hebron demuestra que la voluntad informada de una persona puede trascender incluso su propia muerte, transformándose en una oportunidad de vida para otros. No se trata únicamente de un logro quirúrgico, sino de una señal de hasta dónde puede llegar la medicina cuando la técnica, la ética y la humanidad avanzan de la mano.

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