La erosión silenciosa que amenaza la mesa de los colombianos: el deterioro del suelo pone en riesgo la seguridad alimentaria

La seguridad alimentaria de Colombia enfrenta un desafío cada vez más evidente, pero muchas veces subestimado: el deterioro progresivo de los suelos agrícolas. Expertos y organismos internacionales advierten que la combinación entre degradación de la tierra y el aumento de fenómenos climáticos extremos podría comprometer seriamente la capacidad del país para producir alimentos en la próxima década.
Un informe divulgado por el negocio de Protección de Cultivos de Bayer señala que cerca del 40 % de los suelos colombianos presenta algún grado de erosión, mientras que alrededor del 10,7 % del territorio ya enfrenta procesos de desertificación moderada. Estas cifras reflejan una realidad preocupante: gran parte de las tierras que sostienen la producción agrícola nacional están perdiendo gradualmente su capacidad productiva.
El problema no es exclusivo de Colombia, pero en el contexto nacional adquiere una dimensión particularmente sensible. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, más del 95 % de los alimentos que consume la humanidad depende directamente del suelo. Esto significa que cualquier deterioro en este recurso impacta de forma directa la producción agrícola, los ingresos rurales y, en última instancia, el abastecimiento de alimentos para la población.
En Colombia, los estudios del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales muestran que las regiones Andina y Caribe concentran algunos de los niveles más preocupantes de erosión. La recurrencia de lluvias intensas, inundaciones, sequías prolongadas e incendios forestales ha acelerado el desgaste de la capa orgánica del suelo, una capa esencial para la fertilidad y la productividad agrícola.
La erosión ocurre cuando el agua o el viento arrastran las partículas más fértiles del suelo. En condiciones naturales este proceso es lento, pero se intensifica cuando existen prácticas agrícolas inadecuadas, deforestación o manejo ineficiente de los recursos naturales. Cuando esa capa fértil desaparece, la tierra pierde su capacidad para retener agua, nutrientes y microorganismos, elementos fundamentales para el desarrollo de los cultivos.
Según expertos del sector agrícola, esta degradación genera un efecto dominó: un suelo debilitado se vuelve mucho más vulnerable frente a eventos climáticos extremos. Así, una sequía prolongada o una temporada de lluvias intensas puede tener consecuencias mucho más severas en terrenos que ya han perdido su estructura natural.
María Elisa Monroy, directora de Negocio de Protección de Cultivos de Bayer para Norte de Latinoamérica, advierte que cuando el suelo pierde biodiversidad y estabilidad, cualquier fenómeno climático puede convertirse en un golpe devastador para los agricultores. En especial para las comunidades rurales que dependen directamente de la productividad de la tierra para su sustento.
El impacto no solo se mide en términos ambientales, sino también económicos y sociales. Menor fertilidad del suelo implica menores rendimientos agrícolas, lo que a su vez puede traducirse en aumentos en los precios de los alimentos y en mayores niveles de vulnerabilidad para las poblaciones rurales.
A escala global, la FAO estima que la erosión provoca la pérdida anual de entre 20.000 y 37.000 millones de toneladas de capa orgánica del suelo. Esta degradación reduce aproximadamente 7,6 millones de toneladas de producción de cereales cada año, una cifra que evidencia la magnitud del problema para el sistema alimentario mundial.
Frente a este panorama, diversos expertos plantean la necesidad de transformar los modelos productivos hacia sistemas agrícolas más resilientes y sostenibles. En este contexto, la agricultura regenerativa ha comenzado a ganar protagonismo como una alternativa para recuperar la salud del suelo y fortalecer la seguridad alimentaria.
Entre las prácticas más recomendadas se encuentran la labranza mínima, la rotación de cultivos, el uso de cultivos de cobertura y el manejo integral de plagas. Estas estrategias buscan mejorar la infiltración de agua, aumentar la materia orgánica del suelo y reducir la escorrentía que provoca la pérdida de nutrientes.
El reto es enorme. A medida que la población mundial crece y aumenta la demanda de alimentos, los países enfrentan la presión de producir más sin deteriorar los recursos naturales que hacen posible esa producción. En este escenario, proteger el suelo deja de ser únicamente una preocupación ambiental para convertirse en una condición indispensable para la estabilidad económica y social.
Colombia, con su diversidad de ecosistemas y su vocación agrícola, tiene un papel clave en ese desafío. Sin embargo, la capacidad del país para mantener su papel como despensa alimentaria dependerá en gran medida de la rapidez con la que logre implementar estrategias de conservación y recuperación del suelo.
En otras palabras, el futuro de la agricultura colombiana no se decidirá únicamente en los mercados o en las políticas públicas, sino también en la salud silenciosa de la tierra que sostiene cada cosecha. Porque sin suelos fértiles, no hay alimentos, y sin alimentos, la estabilidad de cualquier nación queda en riesgo.
#CANAL CORDOBA



