Córdoba bajo el agua: las lecciones del valle del Ahr que Colombia no puede ignorar

Más de 120.000 personas afectadas, 24 de los 30 municipios anegados y cerca del 80 % del territorio departamental impactado. El panorama en Córdoba no es únicamente una emergencia invernal; es la radiografía de una vulnerabilidad estructural que el cambio climático está dejando al descubierto con crudeza. Mientras los ríos San Jorge, Sinú y Canaletes continúan desbordados y las alertas del Ideam advierten sobre nuevas lluvias en las próximas semanas, la pregunta central ya no es si lloverá más, sino si el país está preparado para enfrentar lo que viene.
En este contexto, la mirada hacia Alemania no es un ejercicio anecdótico, sino una advertencia documentada. En julio de 2021, el sistema de baja presión “Bernd” descargó hasta 150 milímetros de lluvia en menos de 18 horas sobre el valle del Ahr, provocando la mayor catástrofe natural reciente en ese país. En el distrito de Ahrweiler murieron 134 personas. Johannes Jung, subcomandante de Control de Incendios y Desastres de esa región, vivió de cerca el desastre y hoy analiza con preocupación lo que ocurre en Colombia.
Su diagnóstico es contundente: con el calentamiento global, las lluvias serán más intensas y frecuentes. No se trata de una hipótesis académica, sino de una constatación basada en la experiencia. En Altenahr, el nivel del agua alcanzó 10,2 metros, casi el doble de lo previsto 24 horas antes. Incluso en un país con más de un millón de bomberos y un sistema robusto de gestión de emergencias, la magnitud del fenómeno superó cualquier capacidad de contención.
La comparación no busca establecer equivalencias simplistas entre Alemania y Córdoba, cuyas realidades económicas y sociales son distintas. Sin embargo, sí revela una verdad incómoda: si una nación con infraestructura avanzada no pudo evitar la tragedia, los territorios con menores recursos enfrentan un desafío aún mayor. La gestión del riesgo no puede depender exclusivamente de la reacción; debe basarse en la anticipación.
En Córdoba, más de 40.000 hectáreas permanecen inundadas y decenas de miles de familias han perdido cultivos, viviendas y medios de subsistencia. La emergencia actual evidencia problemas históricos de ordenamiento territorial, ocupación de zonas de alto riesgo y limitada inversión en obras hidráulicas de gran escala. Pero también expone una debilidad crítica: la cultura de prevención.
Jung insiste en que la infraestructura es necesaria, pero no suficiente. Alemania proyecta la construcción de 19 grandes depósitos de retención en la parte alta del río Ahr, una inversión multimillonaria que tardará décadas en completarse y que no es replicable en todos los valles del país. Incluso así, reconoce que ninguna obra puede garantizar protección absoluta frente a eventos extremos.
La clave, subraya, está en la alerta temprana y en la educación ciudadana. En 2021, muchas víctimas murieron en el interior de sus viviendas, confiadas en que la situación no escalaría. El margen de evacuación fue de apenas horas. Si hubieran contado con dos o tres días de anticipación, muchas vidas se habrían salvado. Esa reflexión cobra especial relevancia en Córdoba, donde las comunidades ribereñas dependen de la información oportuna para tomar decisiones críticas.
El Ideam advierte que la temporada de lluvias podría intensificarse en marzo y abril. Esa proyección debería activar no solo planes de contingencia, sino también un debate estructural sobre resiliencia climática. La repetición de emergencias no puede asumirse como fatalidad inevitable. La planificación urbana, la recuperación de rondas hídricas, la reubicación progresiva de asentamientos en zonas de alto riesgo y la inversión sostenida en sistemas de alerta temprana son medidas que requieren voluntad política y continuidad administrativa.
Otro elemento que resalta la experiencia alemana es la educación en gestión del riesgo. Jung señala que tras la Guerra Fría se debilitó la cultura de preparación en su país. En Colombia, donde los desastres naturales son recurrentes, la pedagogía sobre autoprotección debería ser parte integral del currículo escolar y de campañas comunitarias permanentes. La prevención no puede depender únicamente de comunicados oficiales cuando la emergencia ya está en curso.
El caso de Córdoba es una señal de alarma nacional. Las cifras actuales podrían repetirse con mayor frecuencia si las tendencias climáticas continúan intensificándose. Eventos que antes se consideraban excepcionales podrían convertirse en episodios cada cinco o diez años. Esa posibilidad obliga a replantear el enfoque: pasar de la respuesta reactiva a la planificación preventiva.
La advertencia de Johannes Jung no es optimista, pero sí realista. El agua no espera, y las lluvias no entienden de presupuestos ni calendarios políticos. Lo que sí puede cambiar es la capacidad de las sociedades para anticiparse y reducir el impacto humano de las catástrofes. Para Córdoba, y para Colombia en su conjunto, la lección es clara: la resiliencia no es un discurso, es una inversión estratégica en infraestructura, información y educación.
Mientras miles de familias intentan recuperar la normalidad, la experiencia del valle del Ahr recuerda que la diferencia entre desastre y tragedia puede medirse en horas de anticipación y en años de preparación. Ignorar esa enseñanza sería, en sí mismo, el mayor riesgo.
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