Colombia

Gobierno retoma diálogos con el Clan del Golfo en medio de cuestionamientos a la política de seguridad

El Gobierno Nacional confirmó la reanudación de las conversaciones con el Clan del Golfo, luego de varias semanas de suspensión marcadas por desacuerdos operativos y tensiones políticas. La decisión, que se produce tras una reunión celebrada el 9 de febrero en Bogotá entre delegados oficiales y voceros del grupo armado, reabre un capítulo complejo dentro de la estrategia de “paz total” impulsada por el Ejecutivo.

La interrupción del proceso se originó en diferencias relacionadas con operativos de la Fuerza Pública y anuncios de cooperación internacional con Estados Unidos para la captura de cabecillas de la organización. Estos hechos evidenciaron la fragilidad de un diálogo que, desde su inicio, ha estado condicionado por la desconfianza mutua y la presión de la opinión pública frente al recrudecimiento de la violencia en varias regiones del país.

Aunque el Gobierno no ha revelado compromisos concretos tras la reanudación, señaló que el propósito es avanzar en mecanismos que permitan reducir las acciones violentas y explorar fórmulas jurídicas de sometimiento a la justicia. El matiz no es menor: a diferencia de procesos de negociación política con insurgencias, el caso del Clan del Golfo —considerado hoy la estructura criminal de mayor alcance territorial en Colombia— gira en torno a un esquema de sometimiento, no de reconocimiento político.

Desde una perspectiva periodística, la reactivación del diálogo plantea interrogantes de fondo. Por un lado, el Ejecutivo busca disminuir los índices de violencia asociados al narcotráfico, la minería ilegal y la extorsión, actividades que sostienen la estructura financiera del grupo. Por otro, enfrenta críticas por lo que sectores opositores califican como una estrategia que no ha logrado contener el fortalecimiento de organizaciones criminales durante el actual periodo administrativo.

El desafío es doble. Cualquier avance en la mesa debe traducirse en hechos verificables en los territorios: reducción de homicidios, suspensión de economías ilícitas y garantías para las comunidades afectadas. Sin resultados tangibles, el proceso corre el riesgo de convertirse en un escenario de desgaste institucional que erosione la credibilidad de la política de seguridad.

Además, la cooperación internacional, particularmente con Estados Unidos en materia de lucha contra el narcotráfico, introduce una variable geopolítica que puede tensionar los diálogos. La captura o extradición de líderes del grupo podría dinamitar la confianza en la mesa, mientras que una suspensión de acciones judiciales sin resultados concretos generaría cuestionamientos internos.

En este contexto, la reanudación de las conversaciones no debe interpretarse como un avance automático hacia la pacificación, sino como una nueva apuesta política en un terreno incierto. El Gobierno intenta equilibrar la presión militar con una salida jurídica negociada, en un escenario donde la línea entre la búsqueda de paz y la legitimación indirecta de estructuras criminales es objeto de debate permanente.

El país observa con expectativa y escepticismo. Si el diálogo logra traducirse en reducción efectiva de la violencia y sometimiento real a la justicia, podría marcar un precedente relevante en la lucha contra el crimen organizado. De lo contrario, reforzará la percepción de que las estrategias implementadas hasta ahora no han logrado debilitar de manera sustancial a los grupos armados ilegales que continúan expandiendo su influencia territorial.

#CANAL CORDOBA

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba