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Groenlandia tensiona al Atlántico: Alemania evalúa boicot al Mundial 2026 en protesta contra la presión de Trump

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca no solo reactivó viejas tensiones en la política interna de Estados Unidos, sino que volvió a sacudir el tablero geopolítico global. Uno de los focos más sensibles de esa nueva ofensiva diplomática es Groenlandia, territorio autónomo del Reino de Dinamarca, cuya adquisición ha sido presentada por Washington como una “necesidad estratégica de seguridad nacional” para contener la influencia de Rusia y China en el Ártico. En Europa, sin embargo, el planteamiento es leído como una amenaza directa a la soberanía de un aliado clave de la OTAN.

La designación de un enviado especial estadounidense para la isla, sumada a una retórica que oscila entre la “compra” y una eventual “anexión”, ha provocado un rechazo categórico tanto en Copenhague como en Nuuk. Las autoridades danesas han reiterado que Groenlandia “no está en venta” y que no puede ser tratada como un activo comercial, una postura que refleja la incomodidad europea frente a lo que consideran una deriva unilateral y coercitiva de la política exterior estadounidense.

En medio de este clima de fricción, la reacción más contundente no ha venido de Dinamarca, sino de Alemania. Sectores influyentes del espectro político germano, encabezados por figuras como Jürgen Hardt, portavoz de política exterior de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), han planteado una medida de alto impacto simbólico: que la selección alemana boicotee el Mundial de Fútbol de 2026, cuya sede principal será Estados Unidos, junto a México y Canadá.

La propuesta parte de una premisa política clara: Alemania, potencia europea y socio central de la OTAN, no debería participar en un evento deportivo organizado por un país que, a juicio de sus críticos, estaría vulnerando principios básicos del derecho internacional al presionar la integridad territorial de un aliado europeo. “No podemos jugar al fútbol en estadios estadounidenses mientras Washington amenaza la soberanía de un socio”, sostienen quienes respaldan el boicot.

El debate ha trascendido los círculos políticos y se ha instalado en la opinión pública alemana. Según encuestas divulgadas por el diario Bild, cerca del 47 % de la población apoyaría el retiro de la selección nacional si la crisis por Groenlandia escala hacia una intervención militar o una imposición económica de facto por parte de Estados Unidos. La cifra revela un nivel de sensibilidad social poco habitual frente a conflictos de política exterior y evidencia cómo el deporte, en particular el fútbol, sigue siendo un terreno de disputa simbólica.

Para la FIFA, la eventual ausencia de Alemania sería un golpe severo. La Die Mannschaft no solo es cuatro veces campeona del mundo, sino uno de los activos más valiosos del negocio futbolístico global: garantiza audiencias masivas, patrocinios y estabilidad organizativa. Además, Alemania figura como cabeza de serie del Grupo E, junto a selecciones como Ecuador, Costa de Marfil y Curazao, por lo que su retiro implicaría un remezón logístico y deportivo de gran escala.

Históricamente, Alemania nunca ha renunciado a un Mundial por razones políticas, ni siquiera en los contextos más complejos del siglo XX, lo que subraya la excepcionalidad del debate actual. Sin embargo, el planteamiento del boicot no apunta únicamente al fútbol, sino a enviar un mensaje político directo a Washington: que incluso los escenarios más rentables y simbólicos pueden verse afectados si Estados Unidos insiste en una política exterior percibida como agresiva hacia sus propios aliados.

Más allá de que la propuesta se concrete o no, el episodio deja en evidencia hasta qué punto la cuestión de Groenlandia ha dejado de ser un asunto bilateral entre Estados Unidos y Dinamarca para convertirse en un problema europeo, con ramificaciones en ámbitos tan inesperados como el deporte. El Mundial de 2026, pensado como una fiesta global, comienza así a quedar atrapado en las tensiones de una geopolítica cada vez más áspera, donde incluso el fútbol corre el riesgo de convertirse en campo de batalla diplomático.

#CANAL CORDOBA

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