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La Tricolor se mide a la élite: amistosos ante Croacia y Francia como termómetro real del proyecto mundialista

El anuncio de los amistosos de la Selección Colombia frente a Croacia y Francia marca algo más que una actualización de calendario: representa una decisión estratégica que define el tono del proyecto deportivo rumbo al Mundial de 2026. En un contexto donde muchas selecciones optan por rivales accesibles para proteger estadísticas y sensaciones, la Tricolor elige el camino más exigente: medirse con dos potencias del fútbol mundial que obligan a mostrar el verdadero estado competitivo del equipo.

Croacia y Francia no son rivales circunstanciales. Son selecciones con identidad, con jerarquía y con un historial reciente que las respalda en torneos de primer nivel. Enfrentarlas implica someter a prueba la estructura táctica, la fortaleza mental y la capacidad de respuesta de un grupo que, bajo la conducción de Néstor Lorenzo, ha mostrado evolución, pero que aún necesita validarse ante rivales de máxima exigencia. Estos partidos, aunque catalogados como amistosos, operan en la práctica como exámenes de alto riesgo para el proceso colombiano.

Desde una lectura periodística, la importancia de estos encuentros radica en su valor como diagnóstico. Colombia ha consolidado una idea de juego reconocible, con equilibrio defensivo y transiciones rápidas, pero el verdadero reto aparece cuando el margen de error se reduce al mínimo. Croacia, con su orden táctico y su manejo del ritmo, y Francia, con su potencia física y profundidad ofensiva, obligarán a la Tricolor a resolver situaciones que no siempre se presentan en el entorno sudamericano. Allí es donde se mide la madurez de un proyecto.

También hay un mensaje implícito hacia el entorno: cuerpo técnico, jugadores y dirigencia parecen alineados en la idea de que el camino al Mundial no se construye desde la comodidad. Jugar en Estados Unidos, futura sede de la Copa del Mundo, añade un componente adicional de preparación logística y ambiental. No es un detalle menor. Adaptarse a escenarios, climas y contextos similares a los del torneo oficial es parte de una planificación moderna que entiende el fútbol como un todo y no solo como 90 minutos de juego.

En términos de gestión deportiva, estos amistosos funcionan como una vitrina y, al mismo tiempo, como un filtro. Para los jugadores consolidados, será una oportunidad de ratificar su condición ante rivales de élite; para los que buscan espacio, una prueba definitiva para demostrar que están a la altura del máximo nivel. El seleccionador, por su parte, tendrá elementos reales para evaluar variantes tácticas, alternativas de nómina y respuestas individuales bajo presión, algo que ningún entrenamiento puede simular con fidelidad.

El contexto internacional también amplifica el impacto de estos partidos. Colombia llega con una percepción positiva en el concierto sudamericano, pero el fútbol global exige validaciones constantes. Medirse ante Francia y Croacia permite ubicar al equipo en una escala más amplia, comparar procesos y entender en qué punto se encuentra respecto a selecciones que, en teoría, serán rivales directos en instancias decisivas de un Mundial.

En definitiva, la confirmación de estos amistosos no debe leerse como un simple anuncio deportivo, sino como una señal de ambición y responsabilidad. La Selección Colombia no se conforma con clasificar ni con competir a medias; busca prepararse para trascender. Croacia y Francia serán jueces exigentes, pero necesarios. Porque si el objetivo es llegar lejos en 2026, el camino debe empezar enfrentando a los mejores, incluso cuando el riesgo de quedar expuesto es alto. En el fútbol de élite, crecer implica atreverse, y la Tricolor ha decidido hacerlo.

#CANAL CORDOBA

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