Sacudida en el poder venezolano: Delcy Rodríguez reconfigura la seguridad del Estado tras la caída de Maduro

La destitución y orden de detención del mayor general Javier Marcano Tábata, hasta ahora jefe de la seguridad presidencial, no es un hecho aislado ni una decisión administrativa menor. Se trata de una señal política contundente emitida por Delcy Rodríguez en uno de los momentos más críticos de la historia reciente de Venezuela, marcado por la captura del expresidente Nicolás Maduro y el reacomodo forzado del poder en el seno del chavismo.
La reorganización de la cúpula de seguridad ocurre en un contexto de alta vulnerabilidad institucional, donde el Estado venezolano enfrenta simultáneamente presión externa, fracturas internas y un profundo cuestionamiento sobre la eficacia y lealtad de sus organismos armados. En ese escenario, la salida de Marcano Tábata —un hombre clave en el anillo más cercano al poder— revela que la prioridad del nuevo liderazgo no es solo garantizar continuidad, sino reafirmar control y enviar mensajes claros hacia dentro de las Fuerzas Armadas.
Desde una lectura periodística, la decisión de Rodríguez apunta a varios frentes. En primer lugar, busca asignar responsabilidades políticas y operativas por una falla considerada histórica: la captura de Maduro en una operación militar extranjera. Más allá de los detalles de ese operativo, el mensaje es inequívoco: nadie dentro del aparato de seguridad está exento de consecuencias cuando el poder central se ve comprometido. La detención del jefe de escoltas rompe con una tradición de protección mutua entre altos mandos y marca una ruptura con la lógica de impunidad interna.
En segundo término, el nombramiento del general Gustavo González López como nuevo comandante de la Guardia de Honor Presidencial y director de la DGCIM refuerza una estrategia de cierre de filas. Rodríguez apuesta por un perfil con experiencia, recorrido dentro del chavismo y conocimiento profundo de los sistemas de inteligencia y control. No es una figura de consenso nacional ni internacional, pero sí un nombre que garantiza lealtad política en tiempos de incertidumbre. En regímenes bajo presión, la fidelidad suele pesar más que la imagen.
La narrativa oficial habla de “continuidad institucional” y “fortalecimiento del Estado”, pero los hechos muestran una purga selectiva, típica de los momentos en que el poder se reacomoda tras una crisis mayor. Este tipo de movimientos suelen responder menos a la legalidad formal y más a la necesidad de recomponer equilibrios internos, evitar fisuras y neutralizar posibles disidencias dentro de los cuerpos armados.
Al mismo tiempo, la destitución de Marcano Tábata deja al descubierto una realidad incómoda para el chavismo: la fragilidad del sistema de seguridad que durante años fue presentado como inexpugnable. La caída del principal líder del régimen no solo golpea la estructura política, sino que expone fallas en la inteligencia, en la contrainteligencia y en la coordinación militar. Rodríguez parece consciente de que, sin un control férreo de estos sectores, su margen de gobernabilidad será limitado.
El impacto de esta decisión trasciende el ámbito castrense. En el plano político, profundiza la sensación de transición forzada y abre interrogantes sobre la estabilidad del poder interino. En el plano social, refuerza la percepción de un Estado en reconfiguración, donde los cambios se producen de manera abrupta y bajo presión. Y en el plano internacional, envía una señal ambigua: por un lado, muestra capacidad de reacción; por otro, evidencia un escenario de debilidad estructural.
En definitiva, la destitución y detención del jefe de seguridad presidencial no es solo una noticia de orden público o militar. Es un síntoma de un poder que se redefine en medio de la crisis, una pieza más dentro de un tablero político en constante movimiento. El rumbo que tome esta reorganización, y si logrará estabilizar o profundizar las tensiones internas, será determinante para entender el futuro inmediato de Venezuela.
#CANAL CORDOBA



