Salud en primera línea: la respuesta sanitaria que define la resiliencia de Montería

La emergencia por inundaciones en Montería ha puesto a prueba no solo la capacidad logística del Estado para evacuar, albergar y asistir a miles de personas, sino también la fortaleza del sistema de salud local. Con más de 5.800 ciudadanos instalados en alojamientos temporales, la Alcaldía activó un despliegue sanitario integral que revela una verdad incuestionable: en contextos de desastre, la prevención puede ser tan decisiva como la ayuda humanitaria inmediata.
Las inundaciones no solo arrasan viviendas y cultivos; también alteran las condiciones básicas de salubridad. El hacinamiento, la humedad constante y la interrupción de tratamientos médicos crean un escenario propicio para brotes epidemiológicos. Consciente de ese riesgo, la administración municipal articuló brigadas médicas, vigilancia en salud pública y monitoreo permanente a través del Sistema de Emergencias Médicas, coordinado desde el Centro Inteligente con apoyo de la Policía Metropolitana y la Oficina de Gestión del Riesgo.
Este enfoque interinstitucional no es un detalle menor. La experiencia demuestra que, tras una catástrofe natural, las crisis sanitarias pueden multiplicar el impacto inicial si no se actúa con anticipación. Enfermedades respiratorias, gastrointestinales y dermatológicas suelen aumentar en albergues temporales, mientras que la proliferación de vectores eleva la amenaza de dengue, malaria o leptospirosis. La Secretaría de Salud, bajo la dirección de Lorena Portillo, priorizó precisamente esos frentes, desplegando personal no afectado por la emergencia y coordinando con EPS e IPS para asegurar continuidad en tratamientos de pacientes crónicos.
La prevención ha sido clave. Hasta el momento, no se reporta un incremento significativo en enfermedades transmitidas por vectores, un indicador que sugiere que las jornadas educativas y la vigilancia activa están cumpliendo su propósito. Este dato, aunque pueda parecer técnico, es fundamental: evita que la tragedia climática derive en una crisis epidemiológica paralela.
Sin embargo, la respuesta sanitaria no se limita al control físico de enfermedades. La inclusión del componente de salud mental refleja una comprensión más amplia del impacto de la emergencia. Psicólogos municipales, junto con el Comité Científico de Salud Mental y voluntarios universitarios, brindan acompañamiento emocional a las familias damnificadas. En desastres de esta magnitud, la pérdida no es únicamente material; el desarraigo, la incertidumbre y el miedo dejan huellas profundas que, si no se atienden, pueden prolongarse en el tiempo.
Desde una perspectiva periodística, la gestión en salud merece un análisis que vaya más allá del parte oficial. La verdadera eficacia de estas medidas dependerá de la sostenibilidad del acompañamiento y del monitoreo constante de la red hospitalaria. Urgencias, hospitalización y unidades de cuidados intensivos deben permanecer alertas ante cualquier eventualidad, especialmente en una temporada invernal que aún no concluye.
El despliegue sanitario en Montería también plantea una reflexión más amplia sobre la preparación de las ciudades frente a eventos climáticos extremos. La activación coordinada de sistemas de emergencia, la integración con EPS y la vigilancia epidemiológica demuestran avances en capacidad de respuesta. Pero la frecuencia creciente de estos fenómenos obliga a fortalecer la infraestructura preventiva, desde el saneamiento básico hasta los planes de contingencia hospitalarios.
La emergencia actual evidencia que la resiliencia urbana no se construye únicamente con maquinaria y reconstrucción física. Se construye con sistemas de salud capaces de anticipar riesgos, proteger a los más vulnerables y sostener la atención en medio de la adversidad. En Montería, la prioridad sanitaria ha sido clara: evitar que la tragedia del agua se convierta en una crisis de enfermedad.
Al final, la calidad de la respuesta institucional se medirá no solo por el número de ayudas entregadas, sino por la ausencia de brotes, la continuidad de tratamientos y la recuperación emocional de las comunidades afectadas. En tiempos de inundación, la salud pública se convierte en la primera línea de defensa. Y su eficacia, silenciosa pero decisiva, puede marcar la diferencia entre una emergencia contenida y una catástrofe prolongada.
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