
El Mundial 2026 marcará un punto de inflexión en la historia del fútbol. Con la ampliación a 48 selecciones y la reciente decisión de la FIFA de ubicar a los grandes favoritos —España, Argentina, Francia e Inglaterra— en extremos opuestos del cuadro, surge un debate inevitable: ¿se está protegiendo a las potencias o realmente se busca equilibrio competitivo?
Por un lado, la FIFA sostiene que el cambio responde a la necesidad de organizar un torneo más justo ante el aumento de participantes. Evitar que los mejores equipos se enfrenten en fases tempranas podría generar mayor expectativa en los aficionados, impulsar la audiencia y asegurar que los partidos decisivos cuenten con un nivel de élite. Desde esta perspectiva, el ajuste parece lógico: un Mundial expandido requiere un control más preciso del camino de los favoritos.
Sin embargo, también existen argumentos sólidos en contra. Muchos consideran que estas decisiones perjudican la esencia misma del sorteo mundialista, donde la emoción radica en la incertidumbre y la posibilidad de cruces inesperados. Dar “ayuditas” a selecciones tradicionales podría disminuir la oportunidad de que equipos emergentes sorprendan, como ha ocurrido en ediciones pasadas. La competición, entonces, corre el riesgo de volverse predecible y desigual.
Lo cierto es que el Mundial 2026 será una prueba definitiva para este nuevo sistema. Si la FIFA logra mantener la emoción, equilibrar el espectáculo y brindar oportunidades reales a todas las selecciones, estos cambios podrían convertirse en el camino para futuras ediciones. De lo contrario, podría abrirse un debate profundo sobre el rumbo que está tomando el torneo más importante del planeta fútbol.



