Colombia

Colombianos ya pueden viajar sin visa a este país europeo: viajes deben ser cortos

La apertura de fronteras no siempre es fruto de gestos diplomáticos grandilocuentes; en ocasiones, se construye con acuerdos discretos que, sin hacer ruido mediático, amplían las oportunidades de movilidad para millones de ciudadanos. Tal es el caso de la reciente medida que permite a los colombianos ingresar a Bielorrusia sin necesidad de visa para estancias cortas de hasta 90 días con fines turísticos, un cambio que comenzó a regir desde el 19 de diciembre de 2025 tras la entrada en vigor de un acuerdo bilateral de exención de visados entre Bogotá y Minsk.

La medida, que excluye de momento propósitos laborales o educativos, representa más que una simple facilidad migratoria: es una manifestación concreta de cómo las relaciones internacionales pueden traducirse en beneficios tangibles para la ciudadanía. Para muchos colombianos, el requisito de visa ha sido históricamente una barrera —no solo administrativa, sino también psicológica— que encarece y complica la planificación de viajes al exterior. Eliminar este requisito con Bielorrusia, un país europeo con una historia geopolítica compleja y que hasta ahora mantenía restricciones migratorias más estrictas, implica una redefinición de prioridades diplomáticas y económicas entre las dos naciones.

Desde una perspectiva periodística, es relevante ponderar el alcance real de esta medida en un escenario internacional donde la movilidad aún enfrenta tensiones y ajustes. En Europa, por ejemplo, aunque muchos países pertenecientes al Espacio Schengen ya permitían la entrada de colombianos sin visa por cortas estancias, estos viajes están sujetos a nuevos sistemas de control como el EES o el próximo ETIAS, que añaden requisitos administrativos adicionales aun cuando se elimine el visado formal. Este contexto complejo coloca a la nueva exención con Bielorrusia dentro de una tendencia más amplia de flexibilización migratoria, pero también de control reforzado que busca equilibrar apertura con seguridad fronteriza.

No es un secreto que la movilidad internacional ha sido siempre un componente clave de la globalización contemporánea. Los pasaportes que permiten viajar sin visa a un mayor número de países son percibidos como más “poderosos”, reflejo de confianza mutua entre naciones y de mayores lazos diplomáticos. En ese sentido, el hecho de que el pasaporte colombiano ya habilite viajes sin visa a más de 80 países alrededor del mundo —incluidos diversos destinos en Europa, América y Asia— habla de una evolución positiva en la percepción internacional sobre Colombia y sus ciudadanos.

Sin embargo, la eliminación de una visa no garantiza por sí sola una movilidad libre de obstáculos. A la hora de planear un viaje, los ciudadanos deben ajustarse a otras exigencias migratorias —como demostrar solvencia económica, disponer de un pasaje de retorno o cumplir con sistemas de autorización electrónica— que, si bien no son visas como tal, funcionan como mecanismos de regulación. Esto invita a una reflexión más amplia sobre qué significa realmente “viajar sin visa”: ¿es una exención pura de requisitos, o un traslado de controles de una categoría a otra?

Además, este tipo de acuerdos también tienen una dimensión económica y cultural. Facilitar viajes sin visa no solo beneficia al turismo individual, sino que puede abrir puertas a intercambios académicos, encuentros culturales y relaciones comerciales incipientes. Para países como Bielorrusia, que busca ampliar sus vínculos globales más allá de su órbita tradicional, atraer turistas colombianos desde América Latina puede representar una estrategia de diversificación internacional. Para Colombia, abre otra vía más de conexión con Europa en un momento en que las relaciones exteriores y los flujos migratorios están en constante redefinición.

La noticia de que los colombianos ahora pueden viajar a Bielorrusia sin visa por períodos cortos —un logro quizá inadvertido en el gran mosaico de las relaciones internacionales— es, en realidad, un reflejo de cómo se mueven las fronteras del mundo moderno: cada vez menos impermeables, pero siempre con condiciones y matices que condicionan la experiencia real del viajero. Y en ese doble juego entre apertura y regulación se inscribe la historia de este nuevo acuerdo migratorio, que bien podría ser el inicio de otras facilidades ampliadas si continúa la tendencia diplomática de facilitar la movilidad sobre la base de confianza recíproca.

GS Noticias

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