Colombia

El salario sube, pero el empleo tiembla: la otra cara del aumento del mínimo que golpea al servicio doméstico

El reciente incremento del salario mínimo decretado por el Gobierno Nacional, que fue presentado como una medida para dignificar el trabajo y fortalecer el poder adquisitivo de los colombianos, ha comenzado a mostrar una consecuencia poco discutida: el riesgo real de despidos masivos en el sector del servicio doméstico, uno de los más vulnerables y feminizados del país.

Aunque el aumento busca cerrar brechas sociales y mejorar las condiciones laborales, en la práctica muchas familias empleadoras no cuentan con la capacidad económica para asumir el nuevo costo mensual que implica contratar legalmente a una trabajadora del hogar. Hoy, el pago no solo incluye el salario base, sino también auxilio de transporte, seguridad social, primas, cesantías y vacaciones, lo que eleva el gasto mensual a cifras que superan con facilidad los tres millones de pesos.

Desde distintos sindicatos y organizaciones de trabajadoras domésticas se ha encendido una alerta: varias empleadas ya están siendo despedidas o se les ha reducido la jornada laboral. Otras, incluso, están siendo presionadas para aceptar pagos informales o por debajo de la ley, lo que representa un grave retroceso en la lucha por la dignificación del trabajo doméstico.

La situación evidencia una contradicción estructural. Mientras el Estado impulsa aumentos salariales con un enfoque social, no ha diseñado mecanismos suficientes de acompañamiento para los empleadores de clase media, quienes son los principales contratantes de este tipo de servicios. En muchos hogares, el pago de una trabajadora ya representaba un esfuerzo económico considerable, y el nuevo ajuste se convierte en una carga insostenible.

El problema no es menor. El servicio doméstico es uno de los sectores con mayor informalidad en Colombia y, paradójicamente, uno de los que más ha luchado por el reconocimiento de derechos laborales. El temor ahora es que, en lugar de mejorar las condiciones, el aumento del salario mínimo empuje a miles de trabajadoras nuevamente a la informalidad, sin seguridad social ni estabilidad laboral.

Además, el impacto no se limita al empleo. La reducción de personal o de jornadas afecta directamente la calidad de vida de las trabajadoras, muchas de ellas cabezas de hogar, y también transforma la dinámica de miles de familias que dependen de este servicio para poder cumplir con sus propias jornadas laborales.

Expertos advierten que el debate no debe centrarse en si el salario mínimo debe subir o no, sino en cómo hacerlo de manera responsable y sostenible. Proponen alternativas como subsidios estatales, alivios tributarios para empleadores formales o esquemas diferenciados para sectores sensibles como el servicio doméstico.

Mientras tanto, la realidad es clara: el aumento del salario mínimo, aunque bien intencionado, está generando un efecto dominó que amenaza con dejar sin empleo a miles de mujeres que dependen de esta labor para subsistir. Un fenómeno que abre nuevamente el debate sobre si las políticas laborales actuales están logrando su objetivo o si, por el contrario, están profundizando las desigualdades que buscan combatir.

#CANAL CORDOBA

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