Petro tilda de “cerebro senil” a Trump en un nuevo episodio de la escalada diplomática entre Colombia y Estados Unidos

La respuesta del presidente Gustavo Petro a las declaraciones de Donald Trump no es un episodio aislado ni una simple controversia verbal amplificada por redes sociales. Se trata de un nuevo capítulo en una relación bilateral históricamente compleja, marcada por asimetrías de poder, cooperación estratégica y desacuerdos profundos sobre soberanía, seguridad y el modelo de relación entre Estados Unidos y América Latina.
El calificativo utilizado por Petro —“cerebro senil”— para referirse al expresidente estadounidense marca un punto de inflexión en el tono del intercambio diplomático. No es común que un jefe de Estado latinoamericano responda de manera tan directa y personal a un líder político estadounidense, incluso cuando las declaraciones provenientes del norte han sido igualmente provocadoras. Desde una mirada periodística, el interés no está en la dureza del lenguaje, sino en lo que este revela: una ruptura del protocolo tradicional y una apuesta deliberada por la confrontación discursiva como mensaje político.
Las palabras de Trump, al sugerir que Colombia estaría “enferma” y al vincular implícitamente al presidente colombiano con el narcotráfico, tocan fibras especialmente sensibles. Durante décadas, Colombia ha cargado con un estigma internacional asociado a las drogas, muchas veces reforzado por narrativas externas que reducen su complejidad social y política a un solo problema. En ese contexto, la reacción de Petro busca desmarcarse de esa narrativa y reafirmar una posición de dignidad nacional, incluso a costa de tensar los canales diplomáticos.
Sin embargo, el lenguaje elegido por el mandatario colombiano también tiene efectos colaterales. La diplomacia, por definición, se construye sobre matices, silencios estratégicos y mensajes indirectos. Cuando el debate se traslada al terreno de la descalificación personal, el margen para la negociación se estrecha. La pregunta clave es si esta respuesta fortalece la posición internacional de Colombia o si, por el contrario, la expone a una relación más frágil con un socio que sigue siendo fundamental en materia económica, comercial y de seguridad.
Es evidente que el choque no ocurre en el vacío. Se da en un momento de alta tensión regional, con Estados Unidos retomando un discurso de fuerza frente a gobiernos que considera incómodos y con un presidente colombiano que ha hecho de la soberanía, la autonomía regional y la crítica al enfoque tradicional de la “guerra contra las drogas” uno de los ejes de su política exterior. En ese escenario, Petro no solo responde a Trump, sino que envía un mensaje a su base interna y a otros gobiernos latinoamericanos: Colombia no aceptará señalamientos sin réplica ni tutelas discursivas desde el exterior.
Desde el punto de vista periodístico, también es necesario analizar el uso de las redes sociales como escenario principal de esta confrontación. El intercambio no se dio a través de comunicados oficiales ni canales diplomáticos formales, sino mediante mensajes públicos diseñados para ser vistos, compartidos y debatidos por millones de personas. Esto transforma la diplomacia en un espectáculo político, donde el impacto mediático puede ser tan importante como el contenido mismo del mensaje.
El riesgo de esta dinámica es doble. En el plano internacional, puede erosionar la confianza entre gobiernos y generar incertidumbre en áreas clave de cooperación. En el plano interno, puede profundizar la polarización, al convertir un asunto de política exterior en un nuevo campo de batalla ideológica. Para algunos sectores, la respuesta de Petro será leída como un acto de valentía y defensa de la soberanía; para otros, como una imprudencia que expone al país a tensiones innecesarias.
Más allá de simpatías o rechazos, el episodio deja una enseñanza clara: la relación entre Colombia y Estados Unidos atraviesa una etapa de redefinición. Ya no se trata solo de cooperación automática ni de alineamientos incuestionables, sino de una interacción más conflictiva, donde el discurso, la narrativa y la opinión pública juegan un papel central. El cruce entre Petro y Trump es, en ese sentido, un síntoma de un cambio más profundo.
El desafío ahora será medir las consecuencias. Si el intercambio queda en el terreno de la retórica, será recordado como un episodio más de la política de la era digital. Si, en cambio, deriva en decisiones concretas que afecten la cooperación bilateral, la inversión o la seguridad, marcará un antes y un después en la diplomacia colombiana. En cualquier caso, el episodio confirma que, en el escenario internacional actual, las palabras de los presidentes ya no solo describen la política exterior: la construyen, la tensionan y, a veces, la ponen al borde del conflicto.
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