Iván Mordisco reaparece en el tablero regional: la guerra interna que busca escalar con discurso geopolítico

La reciente reaparición pública de Iván Mordisco, máximo cabecilla de las disidencias de las FARC, marca un nuevo y preocupante capítulo en la evolución del conflicto armado colombiano y su relación con el convulso escenario regional. Esta vez, el mensaje no se limita a una amenaza al Estado colombiano ni a una reafirmación del control territorial: el jefe guerrillero intenta proyectarse como un actor político-militar con capacidad de interlocución regional, apelando a la coyuntura venezolana y a la intervención de Estados Unidos como argumento para reagrupar fuerzas armadas ilegales.
La estrategia no es casual. En contextos de alta tensión internacional, los grupos armados irregulares suelen buscar legitimación política, aprovechando narrativas de soberanía, antiimperialismo y defensa territorial para encubrir economías ilegales y disputas criminales. El discurso de Mordisco se inscribe en esa lógica: presentar su organización no como una estructura narcotraficante, sino como un actor insurgente con vocación ideológica, capaz de articular alianzas frente a lo que considera una amenaza externa.
Desde una lectura periodística rigurosa, este movimiento revela más debilidad que fortaleza. La necesidad de convocar a otros grupos armados —algunos de ellos históricamente rivales— evidencia que las disidencias no atraviesan su mejor momento en términos de cohesión, control y legitimidad social. La presión militar del Estado colombiano, las disputas internas y la pérdida de respaldo en comunidades afectadas por la violencia han reducido el margen de maniobra de estas estructuras, que ahora buscan oxígeno político en un conflicto que no les pertenece directamente.
No obstante, el riesgo es real. Aunque la posibilidad de una alianza sólida entre organizaciones como el ELN, la Segunda Marquetalia y otras expresiones armadas es limitada por sus profundas diferencias estratégicas, el simple intento de coordinación ya constituye una amenaza para la estabilidad regional. En escenarios de frontera porosa, como el colombo-venezolano, cualquier confluencia —así sea temporal— puede traducirse en aumento del tráfico de armas, expansión del narcotráfico y mayor presión sobre poblaciones vulnerables.
La aparición de Iván Mordisco también plantea interrogantes sobre el estado actual de las políticas de paz y seguridad. Mientras el Gobierno colombiano insiste en salidas negociadas y en el sometimiento a la justicia de grupos armados, la narrativa del cabecilla disidente demuestra que aún existe una fracción que rechaza cualquier marco institucional y apuesta por la confrontación prolongada, camuflada ahora bajo un discurso regionalista.
Otro elemento clave es el uso de los canales de comunicación. Mordisco no habla desde la clandestinidad absoluta, sino desde una puesta en escena calculada, consciente del impacto mediático y del alcance simbólico de su mensaje. En tiempos de redes sociales y guerra comunicacional, la propaganda se convierte en un arma tan importante como el fusil, y este tipo de apariciones buscan generar percepción de vigencia, liderazgo y capacidad de convocatoria.
Sin embargo, más allá del ruido político, los hechos pesan más que las palabras. Las disidencias que lidera Iván Mordisco han sido señaladas de graves violaciones a los derechos humanos: asesinatos selectivos, desplazamientos forzados, reclutamiento de menores y ataques contra comunidades indígenas y campesinas. Ese prontuario erosiona cualquier intento de presentarse como actor político legítimo y deja claro que su verdadero interés sigue siendo el control de rentas ilegales y territorios estratégicos.
En este contexto, la respuesta del Estado no puede limitarse a la condena discursiva. Se requiere una combinación de inteligencia, presencia institucional y política social que cierre los espacios donde estos grupos intentan reciclar su narrativa. La reaparición de Iván Mordisco no es solo un desafío de seguridad, sino una advertencia sobre cómo los conflictos internos pueden contaminarse con tensiones internacionales si no se gestionan de manera integral.
Así, el mensaje del cabecilla disidente no debe leerse como un anuncio de fuerza, sino como una señal de alerta: el conflicto armado muta, se adapta y busca nuevos escenarios para sobrevivir. Entender esa transformación es clave para evitar que el discurso geopolítico se convierta en la excusa perfecta para prolongar una violencia que Colombia lleva décadas intentando superar.
#CANAL CORDOBA



