Ataque con dron deja dos soldados heridos en Tarazá y reaviva preocupación por escalada violenta en el Bajo Cauca

Un nuevo episodio de violencia sacudió al Bajo Cauca antioqueño tras el ataque con artefactos explosivos lanzados desde un dron contra tropas del Ejército Nacional de Colombia en la vereda Doradas Altas, zona rural de Tarazá. El hecho dejó dos soldados profesionales heridos y vuelve a poner en evidencia la complejidad del orden público en esta subregión del departamento de Antioquia.
De acuerdo con información oficial, la acción habría sido perpetrada por integrantes del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en coordinación con una estructura residual armada que opera en el territorio. El uso de drones para lanzar explosivos confirma una tendencia preocupante en los métodos empleados por grupos ilegales, quienes han incorporado tecnologías de bajo costo pero alto impacto para atacar a la Fuerza Pública.
Tras la explosión, los uniformados recibieron atención inmediata por parte de enfermeros de combate en el área de operaciones. Posteriormente, fueron evacuados por vía aérea con apoyo de la Fuerza Aérea Colombiana hacia un centro asistencial en Medellín. El reporte médico indicó que ambos se encuentran fuera de peligro, lo que evitó un desenlace fatal en medio de la ofensiva.
Las autoridades rechazaron el atentado y señalaron que este tipo de acciones no solo buscan afectar a las tropas desplegadas en la zona, sino también generar zozobra entre la población civil. El Bajo Cauca ha sido históricamente escenario de disputas entre grupos armados ilegales por el control de economías ilícitas, rutas estratégicas y territorios de influencia, factores que mantienen un clima de tensión permanente.
Desde una perspectiva periodística, el ataque evidencia dos elementos clave: la persistencia del conflicto armado en regiones periféricas y la evolución tecnológica de las tácticas violentas. El uso de drones en escenarios de confrontación no es nuevo, pero su expansión en el contexto colombiano plantea desafíos adicionales para la seguridad y la protección tanto de militares como de comunidades rurales.
El hecho también reabre el debate sobre la estabilidad del orden público en el Bajo Cauca, una región donde confluyen minería ilegal, narcotráfico y presencia de múltiples actores armados. La complejidad de estos factores exige una respuesta integral que combine acciones de seguridad con inversión social y fortalecimiento institucional.
Mientras las fuerzas militares mantienen operaciones en la zona y realizan seguimiento a la situación, el ataque en Tarazá confirma que la violencia continúa siendo un factor determinante en la dinámica territorial del Bajo Cauca. El reto para el Estado no solo es contener estos hechos, sino prevenir que la escalada tecnológica de los grupos armados incremente el riesgo para la población civil y profundice la inestabilidad en la región.
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