Colombia

Catatumbo vuelve a huir: el desplazamiento que desnuda la fragilidad del Estado en la frontera

El desplazamiento forzado de más de 130 familias en el Catatumbo, registrado en los primeros días de 2026, confirma que la violencia en esta región no es un episodio coyuntural, sino una crisis estructural que se reactiva con alarmante facilidad. Cada nuevo éxodo masivo no solo evidencia el recrudecimiento del conflicto armado, sino también la persistente incapacidad del Estado para garantizar condiciones mínimas de seguridad y permanencia a comunidades históricamente abandonadas.

Hablar de desplazamiento en el Catatumbo es hablar de una rutina trágica. Familias campesinas que abandonan sus casas en cuestión de horas, niños que dejan la escuela sin saber cuándo regresarán y adultos que pierden su sustento al dejar atrás cultivos y animales. La huida no es una decisión voluntaria: es la única alternativa frente al miedo, las amenazas y los enfrentamientos armados que convierten los territorios rurales en campos de guerra ajenos a la población civil.

Desde una mirada periodística, lo ocurrido con estas 130 familias no puede reducirse a una cifra ni a un parte humanitario. Es un síntoma claro de un territorio atrapado entre actores armados ilegales que disputan control, rutas y economías ilícitas, mientras las comunidades quedan en medio de una confrontación que no eligieron. La frontera, lejos de ser una oportunidad de integración y desarrollo, se convierte nuevamente en un escenario de riesgo permanente.

La llegada de estas familias a zonas urbanas como Cúcuta también plantea un desafío social inmediato. Las ciudades receptoras, que ya enfrentan problemas de empleo, vivienda y servicios públicos, deben absorber de manera improvisada a una población que llega con necesidades urgentes. La respuesta institucional, aunque necesaria en lo humanitario, suele ser reactiva y limitada en el tiempo, sin resolver el fondo del problema: la imposibilidad de vivir en los territorios de origen sin temor a la violencia.

El desplazamiento forzado, además, tiene efectos silenciosos pero profundos. Rompe el tejido social, fragmenta comunidades enteras y deja secuelas emocionales difíciles de reparar. En el Catatumbo, muchas familias han sido desplazadas más de una vez, convirtiendo el retorno en una promesa frágil y la estabilidad en un privilegio inalcanzable. Esta repetición del desarraigo normaliza la tragedia y diluye la urgencia en la agenda pública nacional.

El discurso oficial sobre paz y control territorial contrasta con la realidad que viven las comunidades rurales. Mientras se anuncian estrategias y planes de seguridad, el desplazamiento sigue siendo una constante. La falta de presencia integral del Estado —no solo militar, sino social, económica e institucional— deja espacios que son rápidamente ocupados por grupos armados, perpetuando el ciclo de violencia y expulsión.

Desde el periodismo, es necesario insistir en que el desplazamiento no es un daño colateral inevitable, sino una violación directa a los derechos humanos. Cada familia que huye es una prueba de que la protección del Estado no llega a tiempo o no llega en absoluto. Contar estas historias implica cuestionar la efectividad de las políticas públicas y exigir que la atención a las víctimas vaya más allá de la asistencia inmediata.

El caso del Catatumbo vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cuántas familias más deberán abandonar sus hogares para que la crisis sea tratada como una prioridad nacional? La respuesta no puede seguir siendo la misma de siempre: albergues temporales, ayudas de emergencia y promesas de retorno que rara vez se cumplen. Sin una estrategia sostenida que combine seguridad, desarrollo rural y presencia institucional real, el desplazamiento seguirá marcando el inicio de cada año.

En definitiva, las 130 familias desplazadas no representan solo una estadística temprana de 2026, sino un llamado de alerta. El Catatumbo sigue huyendo porque sigue sin garantías. Y mientras la violencia continúe imponiendo su ley, el desplazamiento seguirá siendo la crónica repetida de una región que, pese a todo, insiste en sobrevivir.

#CANAL CORDOBA

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