Colombia vuelve a temblar: una seguidilla de sismos que recuerda la urgencia de vivir preparados

La jornada sísmica registrada en Colombia este 23 de diciembre vuelve a poner sobre la mesa una realidad ineludible: el país es un territorio donde la tierra se mueve con frecuencia y donde la prevención no puede ser un tema secundario. Los múltiples temblores reportados en diferentes regiones, aunque de baja y moderada magnitud, reactivaron la atención ciudadana y el debate sobre qué tan preparados estamos para enfrentar un evento de mayor impacto.
La información oficial indica que los movimientos telúricos se distribuyeron en varias zonas del país, con especial recurrencia en regiones históricamente activas desde el punto de vista geológico. Para los expertos, esta concentración de sismos en un solo día no necesariamente significa que se avecine un terremoto de gran magnitud, pero sí confirma que Colombia permanece en constante actividad tectónica, una condición natural derivada de su ubicación geográfica.
Desde una mirada periodística, es importante separar los hechos de la percepción. Los temblores, en su mayoría, no causaron daños ni víctimas, pero su frecuencia genera inquietud en una población que, en muchos casos, aún asocia estos fenómenos con el desastre inmediato. La información técnica suele ser clara: la mayoría de los sismos liberan energía de manera gradual y cumplen una función dentro de la dinámica natural de la corteza terrestre.
No obstante, minimizar estos eventos sería un error. Cada temblor, por pequeño que sea, funciona como un recordatorio de la vulnerabilidad estructural de muchas ciudades y municipios del país. Viviendas sin normas antisísmicas, construcciones informales y planes de emergencia inexistentes siguen siendo una deuda pendiente, especialmente en zonas rurales y periféricas.
El Servicio Geológico Colombiano ha reiterado que la actividad sísmica no puede predecirse con exactitud, pero sí puede monitorearse y comunicarse oportunamente. En ese sentido, la difusión de reportes oficiales cumple un papel clave: no se trata de alarmar, sino de educar. La ciudadanía necesita entender qué hacer antes, durante y después de un sismo, y esa información debe circular con la misma fuerza que la noticia del movimiento telúrico.
La repetición de temblores también plantea un desafío para las autoridades locales. La gestión del riesgo no puede limitarse a comunicados posteriores al evento; requiere simulacros, inversión en infraestructura segura y campañas constantes de sensibilización. En un país donde los desastres naturales suelen dejar más lecciones que acciones concretas, la prevención sigue siendo el eslabón más débil.
Además, la reacción social frente a estos episodios refleja una mezcla de costumbre y desinformación. Mientras algunos ciudadanos restan importancia a los temblores por su frecuencia, otros entran en pánico ante cualquier vibración. Ambos extremos evidencian la falta de una cultura sólida de gestión del riesgo, basada en conocimiento y no en la improvisación.
En definitiva, la seguidilla de sismos registrada este martes no es una anomalía, sino parte de la condición geológica de Colombia. La verdadera noticia no es que la tierra tiemble, sino cómo el país responde a esa realidad. Informar con rigor, invertir en prevención y fortalecer la educación ciudadana son acciones urgentes para que cada temblor deje de ser solo un susto momentáneo y se convierta en una oportunidad para reducir riesgos futuros.
La tierra seguirá moviéndose. La diferencia estará en si Colombia decide, de una vez por todas, estar preparada para ello.
#CANAL CORDOBA



