Córdoba bajo el agua: el invierno atípico paraliza el campo y amenaza la seguridad alimentaria

El invierno atípico que azota al departamento de Córdoba dejó de ser un fenómeno climático para convertirse en una emergencia estructural con implicaciones económicas y sociales de gran alcance. Las inundaciones prolongadas no solo han anegado extensas áreas cultivables, sino que han paralizado por completo la producción agrícola y pecuaria, encendiendo las alarmas sobre un posible desabastecimiento de alimentos en el corto plazo.
La advertencia proviene de Isidro Suárez Padrón, decano de la Facultad de Ciencias Agrícolas de la Universidad de Córdoba, quien fue enfático al señalar que el impacto ha sido total. Según el académico, los cultivos han sido arrasados y la producción bovina y avícola severamente afectada, dejando al departamento sin capacidad productiva inmediata. La afirmación no es menor: Córdoba es una región con alta vocación agropecuaria, cuya economía y sustento dependen en gran medida del campo.
Desde una perspectiva periodística, el escenario obliga a analizar el problema más allá de la coyuntura climática. Si bien las lluvias extraordinarias son el detonante visible, la magnitud de los daños evidencia vulnerabilidades históricas: falta de infraestructura de drenaje adecuada, escasa planificación territorial y una limitada diversificación productiva que aumenta la exposición al riesgo. Cuando el agua cubre las tierras, no solo se pierde la cosecha actual; también se compromete la capacidad de recuperación futura.
Suárez Padrón advierte que, aunque las ayudas humanitarias están llegando a las familias afectadas, estas constituyen una respuesta transitoria que no ataca el problema de fondo. La seguridad alimentaria no se garantiza únicamente con la distribución de mercados de emergencia; requiere restablecer la producción local o, en su defecto, diseñar mecanismos sólidos de abastecimiento externo que eviten la especulación y el incremento de precios.
En ese contexto, el llamado al Gobierno nacional resulta determinante. La participación directa del Ministerio de Agricultura podría traducirse en la instalación de centros de acopio estratégicos que aseguren el suministro mientras se restablecen las condiciones productivas. Sin embargo, la respuesta no puede limitarse a la logística de distribución. Será imprescindible realizar estudios técnicos rigurosos para evaluar la calidad de los suelos una vez se retiren las aguas, determinar su nivel de afectación y definir tiempos reales de recuperación.
Uno de los puntos más sensibles planteados por el decano es la posibilidad de que ciertos terrenos dejen de ser aptos para las mismas actividades agrícolas que históricamente se desarrollaban en ellos. De confirmarse esta hipótesis, el departamento estaría ante la necesidad de replantear su modelo productivo, ajustándolo a criterios de resiliencia climática y ordenamiento territorial. No se trata solo de volver a sembrar, sino de decidir dónde y cómo hacerlo para reducir la vulnerabilidad ante futuros eventos extremos.
El invierno atípico en Córdoba expone una realidad que trasciende lo local: el cambio en los patrones climáticos exige una transformación estructural en la forma de planificar el campo colombiano. Persistir en esquemas tradicionales sin considerar la recurrencia de fenómenos extremos podría conducir a crisis repetitivas y cada vez más costosas.
Hoy, el departamento enfrenta una encrucijada. O se limita a atender la emergencia inmediata, o aprovecha la coyuntura para impulsar una reingeniería productiva que fortalezca su seguridad alimentaria y su capacidad de adaptación. La magnitud de las pérdidas ya es evidente; lo que está en juego ahora es la rapidez y profundidad de las decisiones que se adopten para evitar que el agua, además de inundar los cultivos, arrastre la estabilidad económica de miles de familias rurales.
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