Colombia

Cuando la violencia rompe el discurso: el ataque en Aguachica y el llamado de David Barguil a un Estado sin ambigüedades

El ataque atribuido al Ejército de Liberación Nacional (ELN) en el municipio de Aguachica, Cesar, no solo dejó un saldo doloroso para la Fuerza Pública y sus familias, sino que volvió a poner sobre la mesa un debate que Colombia arrastra desde hace décadas: hasta dónde puede llegar el Estado en su intención de negociar la paz sin perder autoridad frente a los grupos armados ilegales. En ese escenario, la reacción del exsenador David Barguil, quien rechazó de manera contundente el hecho y exigió una respuesta firme del Estado, adquiere una relevancia que trasciende lo coyuntural.

El ataque, perpetrado con métodos que evidencian una escalada en la capacidad operativa del ELN, ocurre en un momento especialmente sensible para el país. Mientras el discurso oficial insiste en la búsqueda de salidas negociadas al conflicto, los hechos en terreno muestran una realidad más cruda: grupos armados que mantienen su ofensiva, desafían a la institucionalidad y golpean directamente a la Fuerza Pública. En ese contraste entre discurso y realidad es donde la postura de Barguil cobra fuerza política y simbólica.

Desde una mirada periodística, el pronunciamiento del dirigente cordobés no se limita a una condena protocolaria. Su llamado a una “respuesta firme del Estado” interpela directamente la estrategia de seguridad nacional y cuestiona la percepción de permisividad frente a actores armados que, lejos de mostrar voluntad real de desescalamiento, continúan utilizando la violencia como herramienta de presión. Barguil pone el acento en una idea que gana eco en sectores de la opinión pública: no puede haber negociación efectiva si el Estado aparece debilitado o reactivo.

El ataque en Aguachica también reabre la discusión sobre la protección de la Fuerza Pública en zonas de alta conflictividad. El uso de nuevas tácticas por parte de los grupos armados evidencia fallas en inteligencia, prevención y control territorial. En ese contexto, exigir una respuesta contundente no implica necesariamente un retorno a políticas de confrontación indiscriminada, sino la necesidad de restablecer el principio de autoridad y la capacidad disuasiva del Estado como condición básica para cualquier intento de diálogo.

La postura de Barguil conecta, además, con un sentimiento ciudadano que se ha venido fortaleciendo: el cansancio frente a la repetición cíclica de hechos violentos que parecen no tener consecuencias estructurales. Cada ataque no solo deja víctimas, sino que erosiona la confianza en las instituciones y profundiza la sensación de abandono en regiones históricamente golpeadas por el conflicto. En ese sentido, el reclamo de una respuesta clara no es solo político, sino profundamente social.

Sin embargo, el debate no está exento de riesgos. Una respuesta estatal mal calibrada puede alimentar la espiral de violencia o cerrar espacios de diálogo necesarios para una paz duradera. El reto, entonces, está en encontrar un equilibrio entre firmeza y estrategia, entre autoridad y legitimidad. Lo que hechos como el de Aguachica demuestran es que la ambigüedad no es una opción sostenible: ni para las comunidades, ni para la Fuerza Pública, ni para el propio proceso de construcción de paz.

En términos políticos, el pronunciamiento de Barguil también puede leerse como una señal de reacomodo discursivo en la oposición y en sectores independientes, que buscan capitalizar el descontento ciudadano frente a la inseguridad. Pero más allá de los cálculos políticos, el fondo del mensaje apunta a una preocupación legítima: la necesidad de que el Estado actúe con coherencia entre lo que promete y lo que ejecuta.

En conclusión, el rechazo de David Barguil al ataque del ELN en Aguachica y su exigencia de una respuesta firme del Estado no son un hecho aislado ni una simple declaración de condena. Reflejan una tensión estructural en la política de seguridad del país y un llamado de atención sobre los límites de la negociación en contextos de violencia persistente. Aguachica no es solo un punto en el mapa; es un recordatorio de que la paz, para ser creíble, necesita autoridad, claridad y acciones que respalden las palabras.

#CANAL CORDOBA

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba