Colombia

Cartagena despide a sus caballos de carruaje: entre modernidad, memoria y bienestar animal

El emblemático sonido de las ruedas sobre el empedrado ya no será el mismo en las calles del Centro Histórico de Cartagena. A partir del 29 de diciembre de 2025, los tradicionales carruajes tirados por caballos, que por décadas conformaron una de las postales más reconocidas de la ciudad amurallada, dejarán de circular definitivamente en esta zona patrimonial, tras la entrada en vigor de una ordenanza municipal que prohíbe el uso de tracción animal en el corazón turístico de la ciudad. Lo que para algunos representa una victoria ética y un avance urbano, para otros despierta sentimientos encontrados y retos sociales de enorme impacto.

La decisión, consagrada en el decreto 2296 de 2025, no surgió de manera espontánea. Es el resultado de años de debate público, movilizaciones de defensores de los derechos de los animales y la creciente sensibilización sobre el trato ético hacia los caballos, cuya presencia en las calles empedradas de Cartagena ha sido objeto de frecuentes denuncias por las duras jornadas de trabajo, las altas temperaturas y las exigencias físicas que implicaba este oficio tradicional. El alcalde, Dumek Turbay Paz, ha insistido en que la medida responde a un compromiso con los estándares contemporáneos de bienestar animal, así como con un modelo de turismo sostenible y respetuoso del entorno patrimonial.

Sin embargo, esta transición no es un simple cambio de utilería en el escenario turístico. Se trata de una transformación cultural que obliga a repensar la relación entre el pasado y el presente, entre la memoria colectiva y las necesidades éticas del tiempo actual. Los carruajes con caballos fueron incuestionablemente parte de la identidad visual de Cartagena: turistas y locales por igual atesoraban fotografías, historias y experiencias alrededor de estos vehículos. Ahora, esa imagen icónica se reconfigura.

La medida no se limita a la prohibición. La administración municipal impulsará un reemplazo gradual por coches eléctricos, preservando la oferta de paseos turísticos pero sustituyendo la tracción animal por energía limpia. En total, 62 coches eléctricos regulados fueron incluidos en el plan oficial, aproximadamente el mismo número de carruajes censados antes de la reforma normativa. Este paso pone a Cartagena en sintonía con otras ciudades patrimoniales del mundo que han optado por alternativas más sostenibles y responsables, sin renunciar a la experiencia turística que tanto las caracteriza.

No obstante, la implementación del decreto ha generado tensiones con los cocheros tradicionales. Para muchos de ellos, esta no es solo una ocupación económica, sino un oficio legado por generaciones, una forma de vida vinculada a la historia familiar. La preocupación por la pérdida de ingresos y la falta de claridad sobre cómo se integrarán a la nueva dinámica laboral ha alimentado incertidumbres y protestas. Aunque el Gobierno local ha prometido procesos de capacitación y formalización laboral para que los actuales cocheros puedan operar los carros eléctricos, la transición no está exenta de desafíos en términos de formación, acceso a recursos y equidad.

Desde una perspectiva más amplia, la decisión de Cartagena debe entenderse también en el marco de una reconfiguración del turismo global, donde los viajeros muestran cada vez mayor interés por destinos que combinen patrimonio, sostenibilidad y ética. Las nuevas generaciones de turistas no solo buscan belleza, sino experiencias coherentes con valores contemporáneos, y las ciudades que mejor articulen esa demanda serán las que mejor posición ocupen en un mercado cada vez más competitivo y exigente.

Asimismo, esta medida pone en el centro un debate que va más allá de la ciudad amurallada: ¿cómo conciliar la preservación del patrimonio cultural con la protección de los derechos de los seres vivos? ¿Es posible modernizar sin borrar la memoria? ¿Cómo garantizar que las políticas públicas no sacrifiquen medios de vida en nombre de ideales abstractos? Las respuestas no son sencillas, pero Cartagena, con esta decisión, ha abierto la puerta a una conversación profunda y necesaria sobre cómo las sociedades contemporáneas redefinen sus símbolos sin renunciar a su esencia.

En última instancia, la despedida de los caballos no es un adiós nostálgico, sino una invitación a repensar colectivamente qué historias queremos contar y cómo queremos vivirlas. El reto ahora no es solo adaptar las calles de piedra a los coches eléctricos, sino construir puentes que permitan a los cocheros tradicionales encontrar su lugar en la nueva Cartagena, sin perder la dignidad ni la esperanza de un futuro inclusivo y sostenible. La ciudad no solo transforma su paisaje turístico: transforma su mirada hacia el pasado, el presente y el futuro.

#CANAL CORDOBA

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