El retorno forzado o voluntario de venezolanos: una realidad que sigue desafiando la integración y los derechos humanos

En medio de una de las crisis migratorias más prolongadas en América Latina, las narrativas del retorno de venezolanos han cobrado una fuerza política y social creciente. Lo que antes era un flujo unidireccional de salida desde Venezuela en busca de oportunidades en Colombia y otros países de la región, ahora presenta una nueva arista: el retorno de migrantes venezolanos a su país de origen. Este fenómeno, que combina factores económicos, sociales, humanitarios y políticos, invita a una reflexión profunda sobre la naturaleza de la movilidad humana y las responsabilidades compartidas que implica.
La migración venezolana fue, desde sus inicios, producto de un colapso económico sin precedentes, afectado por hiperinflación, escasez de alimentos y servicios básicos, y la ruptura de redes institucionales que históricamente sostenían una vida digna. Millones de venezolanos salieron al exterior —especialmente hacia Colombia— construyendo nuevas vidas, a menudo bajo condiciones precarias, pero con la esperanza de estabilidad y oportunidades. Sin embargo, tras años de esfuerzo y adaptaciones sucesivas, algunos sectores de esta población han comenzado a evaluar regresar a su país bajo diversas circunstancias, ya sea por dificultades económicas, expectativas de cambio político, reunificación familiar o decisiones personales profundas.
Este retorno no puede entenderse como un simple fenómeno demográfico sino como un complejo proceso humano que pone de manifiesto tanto las fallas estructurales de las políticas migratorias como las limitaciones de los sistemas de acogida en los países receptores. Para muchas familias, regresar significa enfrentar nuevamente la incertidumbre, renunciar a logros alcanzados y reconfigurar identidades construidas en contextos de diáspora. No es una decisión liviana; detrás de cada retorno hay historias de resistencia, frustración y, en algunos casos, de resignación.
Desde una perspectiva periodística, es fundamental examinar cómo los gobiernos y las organizaciones internacionales abordan esta dinámica. Las políticas de reintegración no siempre están preparadas para atender a quienes regresan, tampoco hay garantías claras sobre condiciones dignas de vida o soporte socioeconómico para quienes deciden volver. El retorno debería ser una opción segura, digna y voluntaria, no el resultado de presiones, exclusión social o agotamiento de recursos en los países de acogida.
Además, el fenómeno plantea preguntas importantes sobre la cooperación internacional. Si bien la migración venezolana ha sido una responsabilidad compartida por Colombia, Perú, Ecuador y otros Estados receptores, el retorno masivo o creciente pone de manifiesto la necesidad de diseñar estrategias multilaterales que no solo gestionen la salida de personas, sino que también garanticen su bienestar en cualquier dirección que decidan moverse.
Humanizar el retorno implica también visibilizar las barreras que enfrentan las personas en esa transición: desde la validación de títulos académicos hasta el acceso a servicios de salud, educación y empleo. La experiencia de migrar no termina con un cruce de frontera; se prolonga en las decisiones de vida que cada persona toma en función de sus posibilidades reales de sobrevivir y prosperar.
Este fenómeno debe invitar, además, a una reflexión más amplia sobre las causas profundas que originan los desplazamientos masivos. No puede olvidarse que la migración forzada es, en gran medida, consecuencia de fallas sistémicas que requieren soluciones estructurales: estabilidad política, economía robusta, redes sociales fuertes y políticas públicas orientadas a la inclusión y la dignidad humana.
En última instancia, el retorno de venezolanos —ya sea temporal o permanente— no debe tratarse como un simple dato estadístico, sino como la expresión de vidas en movimiento que demandan atención, respeto y respuestas integrales. El desafío para Colombia, Venezuela y la comunidad internacional es asegurarse de que, tanto en la partida como en el regreso, las personas encuentren condiciones que respeten su dignidad, su historia y sus aspiraciones.
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