Puracé en Respiro Tenso: La Montaña que Obliga al País a Mirar de Frente su Vulnerabilidad

El volcán Puracé, una de las estructuras geológicas más activas y vigiladas del sur del país, vuelve a recordar que su silencio nunca es absoluto. Las autoridades científicas han decidido mantener la alerta naranja, un nivel que, aunque no indica una erupción inminente, sí advierte que el sistema volcánico atraviesa un periodo de inestabilidad que puede escalar de forma rápida. Este aviso, lejos de generar pánico, debería impulsar una reflexión colectiva sobre la relación entre las comunidades y el paisaje natural que las rodea.
En las últimas semanas, el Servicio Geológico Colombiano ha registrado señales que justifican la alerta: aumento de sismicidad, gases que se elevan cientos de metros sobre el cráter y episodios de emisión de ceniza que revelan un movimiento interno complejo. Son indicadores que hablan de un volcán vivo, activo, en constante transformación. Sin embargo, más relevante que la actividad misma es la forma en que las comunidades y las instituciones responden a ella.
La alerta naranja es un llamado a actuar, no a temer. Significa que los habitantes deben mantenerse informados, las entidades deben revisar protocolos de emergencia y los planes de evacuación deben dejar de ser documentos archivados para convertirse en acciones listas y ensayadas. Puracé ha demostrado a lo largo de la historia que puede pasar de la calma a la actividad explosiva en cuestión de horas. Por eso, la prevención deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una responsabilidad real.
También es importante comprender la dimensión humana del fenómeno. En las zonas cercanas al volcán viven familias campesinas e indígenas que mantienen un vínculo cultural y económico profundo con el territorio. Para ellos, la alerta no es solo un comunicado científico: es una incertidumbre diaria que afecta su producción, su movilidad y su tranquilidad. Y sin embargo, pese al riesgo, su arraigo a la tierra es tan fuerte como la propia montaña. El Estado, en consecuencia, tiene la obligación de garantizar no solo información oportuna, sino soluciones estructurales que protejan su vida sin destruir su identidad.
Mantener la alerta naranja también invita a pensar en la gestión de riesgo en Colombia. El país, atravesado por cordilleras y asentado sobre fallas geológicas, depende de una vigilancia permanente. Convivir con volcanes activos supone un reto: obliga a invertir en ciencia, en infraestructura, en comunicación comunitaria y en cultura de prevención. No es suficiente reaccionar ante el problema; es necesario anticiparlo. Y para ello se requiere voluntad política, inversión sostenida y educación ciudadana.
Por último, Puracé nos recuerda una verdad incómoda: el ser humano no controla la naturaleza. Puede monitorearla, estudiarla, comprenderla mejor, pero no puede detenerla. La montaña tiene su propio ritmo, y nuestro papel es aprender a convivir con él con inteligencia, respeto y preparación. La alerta naranja no es una amenaza: es una advertencia clara de que la vida en un territorio volcánico exige atención permanente y decisiones responsables.
Mientras el volcán respira, la responsabilidad es de todos. La prevención no es opcional; es el único camino para evitar tragedias y fortalecer la resiliencia de las comunidades. Puracé nos habla, y el país debe escucharlo.



