Velitas Entre Sombras: Montería Enciende la Tradición, pero la Pólvora Apaga la Seguridad

La noche del 7 de diciembre, que en teoría debería estar marcada por la luz tranquila de las velitas y la unión familiar, volvió a dejar en Montería una realidad preocupante: seis personas resultaron quemadas por el uso de pólvora. Aunque cada año se repite la advertencia, los casos siguen apareciendo como una dolorosa constante que revela fallas profundas en la cultura ciudadana, en el control institucional y en la percepción del riesgo.
El Día de las Velitas es una de las tradiciones más arraigadas en Colombia, pero también una de las que más contradicciones expone. Mientras las familias prenden velas para pedir protección y buenos deseos, en paralelo muchos manipulan artefactos incendiarios que, lejos de iluminar, pueden causar lesiones irreversibles. La pólvora —que a menudo se asocia con “celebración”— continúa dejando heridas físicas y psicológicas que se extienden mucho más allá de la noche festiva.
Lo más alarmante del balance es que las víctimas no son números, son personas que ahora enfrentan dolor, tratamientos, posibles cirugías y semanas o meses de recuperación. Detrás de cada herida hay una familia que carga con culpa, gastos inesperados y la frustración de una celebración que terminó en tragedia. Este tipo de incidentes debería ser suficiente para que la sociedad se replantee la supuesta “normalidad” con la que se sigue utilizando pólvora casera o comercial sin control.
A nivel social, lo ocurrido en Montería evidencia un problema más profundo: la cultura de la negligencia frente al riesgo. Cada diciembre las autoridades repiten campañas de prevención, los medios divulgan cifras de quemados y se realizan operativos de decomiso. Sin embargo, estos esfuerzos chocan con la falta de conciencia colectiva y con la falsa creencia de que “a mí no me va a pasar”. Es una resistencia cultural difícil de romper, pero no imposible si se asume como prioridad.
El Estado también tiene un rol fundamental. Las campañas informativas no pueden limitarse a mensajes de advertencia; deben integrarse con estrategias pedagógicas permanentes, orientación a padres, trabajo comunitario y mayor presencia policial en sectores críticos. A esto se suma la necesidad de perseguir con mayor firmeza el comercio ilegal de pólvora, que cada año sigue abasteciendo manos inexpertas. La prevención no puede depender únicamente del “sentido común”, sino de acciones contundentes y sostenidas.
No menos importante es el componente ético: ¿qué tipo de celebración estamos defendiendo cuando implica que niños, jóvenes y adultos terminen en un hospital? ¿Qué sentido tiene mantener una tradición si cada año deja vidas marcadas? La identidad cultural no tiene por qué estar ligada al dolor. La solución no está en eliminar las celebraciones, sino en transformarlas hacia prácticas seguras y responsables que no pongan en juego la integridad de nadie.
En conclusión, los seis quemados en Montería no son un hecho aislado: son un símbolo de una problemática que se repite y que exige acciones urgentes. La Navidad debería ser un momento de unión, no de tragedia. La luz de las velitas debe ser un motivo de esperanza, no el preámbulo de una visita a urgencias. Si la ciudad quiere encender su espíritu navideño, también debe apagar definitivamente la permisividad frente a la pólvora.



