Gobierno desmiente rechazo de ayuda internacional y defiende coordinación humanitaria ante emergencias

En medio de versiones que circulan sobre un supuesto rechazo de cooperación extranjera, el director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), Carlos Carrillo, salió al paso para desmentir categóricamente esas afirmaciones y reiterar que Colombia no está cerrando la puerta a la asistencia internacional, sino organizándola bajo un esquema de coordinación técnica con agencias multilaterales.
El funcionario aseguró que “es absolutamente falso que el Gobierno nacional esté rechazando la ayuda de otros países”, y explicó que el proceso de recepción y distribución de apoyo extranjero se articula con instancias como el Equipo Humanitario País (EHP), liderado por la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA). Según Carrillo, el objetivo no es limitar la cooperación, sino evitar duplicidades y garantizar que los recursos lleguen con mayor eficiencia a las comunidades más afectadas por emergencias recientes.
El debate no es menor. En contextos de crisis —ya sea por desastres naturales, fenómenos climáticos extremos o emergencias sociales— la gestión de la ayuda internacional suele convertirse en un indicador clave de gobernabilidad. La coordinación adecuada puede traducirse en respuestas oportunas y efectivas; la improvisación, en cambio, puede derivar en congestión logística, desperdicio de recursos o inequidad en la distribución.
Desde una perspectiva técnica, la articulación con agencias internacionales responde a estándares globales de acción humanitaria. El sistema de Naciones Unidas promueve precisamente que los Estados receptores lideren la coordinación, estableciendo prioridades territoriales y sectoriales. En este marco, el EHP actúa como una plataforma de enlace entre el Gobierno, organizaciones no gubernamentales y cooperantes internacionales.
No obstante, las dudas que han surgido en el debate público reflejan una tensión recurrente: la percepción de burocratización frente a la urgencia humanitaria. Para algunos sectores, cualquier filtro o proceso de coordinación puede interpretarse como una demora innecesaria. Para el Gobierno, en cambio, la organización es una condición indispensable para que la ayuda no se diluya ni se concentre en zonas con mayor visibilidad mediática.
Carrillo insistió en que la estrategia busca “sumar esfuerzos”, no restringirlos. En términos operativos, esto implica que la asistencia extranjera se alinee con los planes nacionales y territoriales de respuesta, fortaleciendo capacidades locales en lugar de sustituirlas. El enfoque apunta a que la cooperación internacional complemente, y no reemplace, la acción institucional colombiana.
La discusión también tiene un componente político. En escenarios de emergencia, la narrativa sobre la recepción o rechazo de ayuda puede impactar la imagen internacional del país y la percepción ciudadana sobre la eficacia gubernamental. Por ello, el pronunciamiento de la UNGRD busca cerrar cualquier interpretación que sugiera aislamiento o desinterés frente al respaldo externo.
Más allá de la polémica, el desafío estructural sigue siendo garantizar que la ayuda —sea nacional o internacional— llegue con rapidez, transparencia y pertinencia a quienes más la necesitan. La coordinación con organismos multilaterales es una herramienta; su efectividad dependerá de la ejecución en territorio, del seguimiento a los recursos y de la capacidad de respuesta en tiempo real.
En última instancia, la afirmación del director de la UNGRD coloca el énfasis en la organización como principio rector de la acción humanitaria. La clave no está únicamente en aceptar cooperación, sino en gestionarla con criterios técnicos y enfoque territorial. La ciudadanía evaluará los resultados no por los comunicados oficiales, sino por la presencia tangible de ayuda en las zonas más vulnerables del país.
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