Colombia

Colombia bajo transición climática: entre el adiós de La Niña y la amenaza latente de El Niño

Colombia atraviesa un momento clave en su dinámica climática. Según el Centro de Predicción Climática del NWS, el fenómeno de La Niña está entrando en una fase neutral, aunque su influencia se mantendría en el país y regiones cercanas hasta abril. Esta transición, lejos de significar estabilidad inmediata, mantiene al territorio nacional en un escenario de lluvias intensas, riesgos crecientes y alta incertidumbre frente al comportamiento atmosférico de los próximos meses.

En lo corrido de 2026, las precipitaciones han provocado emergencias en distintas zonas del país, con deslizamientos, inundaciones y afectaciones a comunidades vulnerables. El debilitamiento progresivo de La Niña no implica un cese abrupto de sus efectos; por el contrario, los expertos advierten que el paso hacia condiciones neutrales suele generar variabilidad, con episodios de lluvia que pueden superar los promedios históricos.

El Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) alertó que durante marzo las lluvias podrían ser 41,6 % más intensas que en el mismo mes de 2025, influenciadas además por la incidencia de frentes fríos en el continente. Esta combinación de factores atmosféricos incrementa la probabilidad de eventos extremos, particularmente en regiones Andina y Pacífica, donde la saturación de suelos eleva el riesgo de deslizamientos y crecientes súbitas.

Aunque las proyecciones indican que las precipitaciones tenderían a disminuir hacia el segundo trimestre del año, el panorama de mediano plazo abre otra preocupación. El NWS estima que durante el verano del hemisferio norte (junio-agosto) existe un 56 % de probabilidad de que predominen condiciones neutrales, pero posteriormente se configura un escenario con entre 50 % y 60 % de probabilidad de formación del fenómeno de El Niño. De materializarse, el país podría enfrentar un giro drástico: menos lluvias, aumento de temperaturas y presión sobre los recursos hídricos, especialmente en las regiones Andina y Caribe.

Este vaivén climático tiene implicaciones profundas en la economía y la seguridad alimentaria. Para el sector agrícola, la transición entre fenómenos no representa alivio, sino nuevos desafíos. Mientras La Niña se asocia con exceso de humedad, proliferación de plagas y enfermedades en cultivos, El Niño históricamente ha traído consigo sequías prolongadas, reducción del caudal de ríos y mayor riesgo de incendios forestales. Ambos extremos impactan directamente la productividad rural y los ingresos de miles de familias campesinas.

La situación exige, además, una respuesta institucional articulada. La gestión del riesgo no puede limitarse a la atención de emergencias; requiere planificación preventiva, fortalecimiento de sistemas de drenaje, protección de cuencas y estrategias de uso eficiente del agua. En un contexto de cambio climático global, la frecuencia e intensidad de estos eventos tiende a amplificarse, haciendo más vulnerable a un país con alta diversidad geográfica y contrastes climáticos marcados.

El debate de fondo no es únicamente meteorológico, sino estructural. Colombia necesita transitar de la reacción a la anticipación. Las alertas emitidas por organismos técnicos deben traducirse en acciones concretas en los territorios, especialmente en zonas rurales donde el impacto de lluvias o sequías suele tener consecuencias más severas.

La transición de La Niña hacia condiciones neutrales es, en apariencia, un punto intermedio. Sin embargo, en la práctica representa un período de alta variabilidad que demanda vigilancia constante y preparación. Si posteriormente se consolida El Niño, el país podría enfrentar meses de calor prolongado y estrés hídrico, con repercusiones en el abastecimiento de agua y en la generación hidroeléctrica.

En suma, el escenario climático de 2026 obliga a Colombia a mantenerse en alerta. La combinación de lluvias intensas en el corto plazo y la posible llegada de El Niño en el segundo semestre configura un panorama complejo, donde la resiliencia institucional y comunitaria será determinante para mitigar los impactos y proteger tanto la vida como la estabilidad económica del país.

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